HISTORIAS SOBRE LOS OTROS

viernes, 13 de abril de 2007

Capítulo 2.

Lukia asomó por la puerta y con su estrecho acento saludó a Ramiro. Se puso el delantal sobre el pantalón y salió de la cocina. Empezaban a llegar los habituales del primer turno. Sin prisa, Lukia terminó de arreglar la sala colocando ceniceros y servilletas, cogió su libreta y se acercó a la primera mesa.
Buenas días, ¿qué vas a comer?

Los tres hombres le pidieron un minuto más y se volvieron para mirar el menú de la pizarra. La silueta de Lukia se cruzó en su campo de visión mientras se dirigía a la mesa contigua y la siguieron con la mirada. Inmediatamente, cada uno se colocó de cara a su cubierto.
—Vaya escotito, bendito sea el...
—Sí que está buena, pero la del Rocky tiene más cómo te diría.

Lukia terminó de tomar nota en las mesas. No dominaba el alfabeto latino y había acordado con el jefe un código de números para identificar los platos. Tampoco dominaba el castellano; su comunicación se basaba todavía en adelantarse al lenguaje y sobrentender. Por ejemplo, al firmar el contrato, había sobrentendido unas cuantas cosas, calificables para ella de «más bien»: el sueldo le pareció más bien decente —si se incluían las propinas—, el horario, más bien ventajoso, la vestimenta, más bien ceñida, y adivinó que iba a realizar alguna que otra tarea de limpieza del local, para completar su jornada. Francisco, el viejo, había sido más bien serio con ella y a ella, con este contrato, se le solucionaban más bien muchas papeletas administrativas. No hizo falta conjugar verbos para empezar a trabajar ese mismo día, hacía una semana.

En cosa de unos minutos, la pausa del almuerzo llegó a su punto de ebullición. El local, que apenas media hora antes olía a aluminio y cerveza, estaba invadido ahora por una mezcla de fritura y vinagre. Lukia iba y venía entre las mesas, la barra del bar y la cocina. Pinchaba cada cuenta, la dos, la seis, la nueve, en el tablero de cocina para que Ramiro preparara las comidas. Todavía no había asimilado qué clientes eran habituales y cuáles no, y desconocía sus costumbres, sus nombres, en qué empresa del polígono trabajaban. Solo eran personas que llegaban y pedían cada una una cosa. A aquella distorsión de ambiente nuevo se añadía el rumor de un idioma aún extraño. Un mundo nuevo más. No tardaría mucho en hacerse a aquellos hábitos, los de Francisco y su mujer, los de los clientes, los del cocinero y el camarero. Una realidad fácil de reducir, pues su campo de opciones no daba para tanto: la cuenta, los platos, los números del menú, con leche, sin leche... Reducción. Una reducción de vinagre, le había enseñado Ramiro la semana anterior.

El ambiente añejo del restaurante, con sus horarios laborales y sus balances cabales, aún no se había percatado de la presencia de Lukia. A primera vista, en ese equilibrio inmóvil, casi perfecto, un solo elemento, y tan reciente, como era una nueva camarera parecía destacar apenas en el colectivo costumbrista. Cuando uno entraba en el local, reinaban los clientes habituales, trabajadores de la zona, y se imponía el barullo diario, envuelto en el humo del tabaco de costumbre. Lukia fue en aquella microeconomía el primer elemento foráneo. Salvo por sus facciones balcánicas, no parecía interferir, pues los dueños, los platos, la cocina, seguían el curso de cada día. Ni siquiera la jubilación de Francisca, la dueña, había roto el ritmo: tras el regalo y homenaje de rigor, acudió a su restaurante exactamente todos los días. El restaurante era el mismo Los Pacos de siempre. Ahora bien, si durante la breve desidia del café, antes de volver al trabajo, uno se ensimismaba dando vueltas con la cucharilla, percibía en el vaivén de la nueva camarera una respiración diferente.

El trasiego de Lukia flotaba en el restaurante como el vuelo de un mosquito en el polvo de una habitación: silencioso, zigzagueante, ligero. Los platos llegaban a sus mesas —y los pedidos a la cocina— como en líneas rectas, a esquinazos entre un punto y otro. No había retrasos en la atención del postre, del café, e incluso la cuenta llegaba al primer signo manual de garabato en el aire. Los trabajadores, poco acostumbrados a este margen de productividad, lo notaban en los minutos sobrantes previos a la sesión de tarde.

La camarera servía ella sola a todas las mesas. Uno se preguntaba de qué lugar provenía aquel hacer. Los clientes estaban acostumbrados a Francisca, que siempre había atendido despacio, con la ceremonia del amo; o a Ricardo, que, cuando le tocaba echar una mano en la sala, arrollaba de mala gana con la destreza del camarero. El paso geométrico de Lukia era, literalmente, un derroche de eficacia que se perdía en el desinterés colectivo. Nadie, ni los clientes, ni los jefes, se lo exigía. Y, lo mismo que se adelantaba al lenguaje, se adelantaba al resultado. Por eso, si alguno de aquellos contables, comerciales, transportistas, secretarias, que exhalaban palabras como «hipoteca», «oportunidad de negocio», «macho», «bajar a segunda», le pedía la vinagrera, ella asentía y ya estaba adivinando la mano levantada de otra mesa antes de depositar, sin emergencia, la vinagrera en su sitio y dejarla atrás. Dejar atrás era la clave. Dejar atrás Bulgaria, el trabajo, el paisaje, la miel de rosas. Cuando encontrara una dedicación definitiva, solo entonces, tal vez, se detendría para recrearse en el tiempo. Mientras tanto, con holgura de movimiento, la vuelta de la mesa tres ya estaba dejada, el mantel de la otra, sustituido y las bebidas, entregadas a los clientes recién sentados..

Su camiseta de tirantes amarilla recibió a un grupo de clientes que esperaban de pie en la puerta del local. Lukia avisó al viejo porque no quedaban mesas libres. De nuevo se desbordaba el cupo de clientes y de nuevo hubo que intercalar mesas de plástico en el pasillo. Eran clientes no habituales, aunque el viejo reconoció la cara de alguno que repetía de la semana anterior. Los brazos desnudos de Lukia se estiraban para indicar las diferentes mesas y números de comensales a cada grupo.
—¿Tres? Allí.


En el segundo turno, el volumen de trabajo se disparó aquel día en todas direcciones. El personal del restaurante al completo alcanzó en progresión geométrica su tope de actividad. Ramiro hubo de preparar platos combinados fuera de menú, que casi se había agotado; Francisca, la dueña, se metió a ayudar en cocina; Francisco, su marido, atendía cafés y copas en la barra con Ricardo, el camarero; y Lukia desaparecía de todas partes con las manos cargadas de manteles limpios, botellas de vino o platos con desperdicios. Los cinco, a plena combustión, sacaron adelante ese momento de llenura, y solo cuando se desperdigó la última clientela pudieron volver a su cadencia normal. En aquella explosión orquestal inesperada, cada uno había asegurado el trabajo de su parcela laboral, pero la ocupación de Lukia había sido panorámica. La camarera, que en sus tareas tocaba todos los rincones del restaurante, barra, cocina, despensa, armarios, sala de comedor..., había aportado al desconcierto hostelero una doble contención: una actividad frenética en sus idas y venidas y un continuo de fondo en su forma de organizarse. «Notas de violín y refuerzo de bajo», habría podido pensar Ramiro, satisfecho de su ocurrencia. Los clientes, sin embargo, solo habían notado más ruido en la sala y más gente de la diaria en el restaurante, pero no cayó el caos sobre ellos y, en términos de comida y salvo algún fallo de menú, su pausa resultó prácticamente la de un lunes cualquiera.

A esa velocidad, no tuvo tiempo Ramiro de ponerle caritas a la camarera. Pero sí logró dominar los nervios para no malograr sus planes de conquista, ya lanzados al espacio. Así que nada había dicho cuando Lukia le devolvió varios platos por equivocados, y se tragó los gritos cuando se le escurrió de sus propias manos la bandeja de vasos del lavavajillas. Su masculina esperanza logró templar la emisión de adrenalina y fue capaz de contenerse los enfados. Ramiro reparó los daños sin chistar y achacó a sus esfuerzos de novata —tal los consideraba él— la ausencia de conexión física por parte de Lukia. La veía entrar, pedir la comida, cortar el pan y recoger acto seguido las migas de la tabla, echar al contenedor de basura los manteles de papel usados. Ella le decía «grasias» y «por favor», o «mira, esto no para mesa sinco». Y sin tiempo para bromas volvía a salir con las manos cargadas, mostrándole al vuelo su corta melena roja de raíces castañas. «¿Para qué se molestará en recoger las migas a cada paso?», pensaba Ramiro.

En el tercer turno, más despejado, Lukia se acercó a la barra y pidió a Francisco dos cervezas y una Coca-Cola. Mientras pasaba la bayeta por la barra, el viejo, absorto, contemplaba alejarse la grupa de Lukia, que se dejaba asomar entre la ceñida camiseta y el pantalón, y pensó que su lunes había sido un éxito rotundo.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Tu tranquila, no te estreses, que hay por ahí algún comentarista con mucha prisa.
Que se esperen y si no recuerdan el capitulo anterior, que se lo vuelvan a leer, que para eso escribes.

Anónimo dijo...

Pues aquí va otro poquito. Provisional. Diréis: "Pues ponlo ya todo de golpe". Pero prefiero ir echando material aunque sea provisional, porque si no no me doy prisa. Gracias, amiguitos.

Anónimo dijo...

Ese es un pelota...

Anónimo dijo...

Lo de HRT es muy gracioso

Anónimo dijo...

esto... ¿tienes hora?

Anónimo dijo...

Te guiño el ojo pero que no se den cuenta estos...chati, digo churri.

Anónimo dijo...

¡¡¡¡¡¡¡Bayeta es con yyyyyyyyyyy!!!!!!!!